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REPORTAJE
Discapacitados: ¿Ellos o nosotros?
A pesar de los siete años que tiene la ley de la discapacidad,
se evidencian escasos avances en torno a la integración de
estas personas que ya suman casi el millón de chilenos. Diariamente
tienen que enfrentarse a la escasa accesibilidad y a las pocas oportunidades
de educación y trabajo que están a su mano, en medio
de la indiferencia y la despreocupación del resto del país.
por Caterine Galaz
Ya se ha vuelto tradicional escuchar hablar sobre la supuesta y
manoseada "solidaridad de los chilenos", sobre todo, ante
catástrofes nacionales e internacionales, en situaciones
de extrema pobreza o en las clásicas maratones de la Teletón
cada dos años. Sin embargo, a la hora de evaluar la apertura
cultural en torno a la situación de los discapacitados -que
bordean ya el millón de personas- las manchas de este jaguar
chilensis quedan, más bien, traslucidas.
Y es que, pese a que la ley sobre la discapacidad fue dictada hace
más de siete años, aún son escasos los avances
logrados para lograr una real igualdad de oportunidades. Según
la última encuesta CASEN, el 5,3% de los chilenos posee algún
grado de discapacidad, mientras las Organización Mundial
de la Salud (OMS) plantea un rango entre el 7,5% y el 10%.
La directora del Fondo Nacional para la Discapacidad (Fonadis),
Andrea Zondek destaca que al menos Chile está en torno al
7% y enfatiza que aún falta demasiado por avanzar en relación
a lo que viven los discapacitados en otros países.
"No solamente se logra una mayor integración con recursos.
Acá se tiene que buscar un cambio cultural... si cada uno
incorpora a los discapacitados como pares, y buscamos darles espacios,
dejamos de verlos como sujetos de caridad, se va avanzar",
asegura y argumenta que "no se puede seguir viéndolos
como sujetos que requieren sobreprotección, sino que se debe
tender a abrir mejores oportunidades para ellos desde sus capacidades
y no desde sus discapacidades".
Estos son los principales desafíos donde Chile se mantiene
prácticamente estancado y sólo, gracias a la paciente
fiscalización de organismos directamente vinculados con los
discapacitados, se ha logrado con presiones, que el mundo privado
se abra a esta realidad. Y es que los discapacitados no buscan beneficios
especiales sino igualdad de oportunidades para competir con el resto
de las personas, en esta selvática lógica de libremercado.
Esto significa tener libre acceso a colegios, a lugares de trabajo,
a locomoción y a entretención.
La directora de Fonadis destaca que en el país existen hasta
ahora solamente cerca de mil establecimientos de educación
pública que permiten el acceso de alumnos con algún
tipo de discapacidad. Aunque Zondek enfatiza que esto ha ido contribuyendo
a la integración de las personas con discapacidad, aún
falta mucho por hacer en cuanto a la calidad educativa de estos
niños y jóvenes.
"Se requiere capacitar a los profesores para que puedan trabajar
normalmente con personas discapacitadas, además de aumentar
los recursos porque de qué le sirve a un ciego estar en un
establecimiento tradicional si éste no cuenta con la tecnología
suficiente para que pueda aprender. Lo mismo ocurre con las personas
sordas que pueden leer los labios pero frente a un profesor rápido
que tiene que enseñar a 45 personas más, le es más
difícil aprender. O las personas con una discapacidad mental
que requiere un ritmo de enseñanza distinto", enfatiza.
Si la situación resulta difícil en el ámbito
educativo, la desigualdad aumenta al echar un vistazo al campo laboral.
No existen estadísticas de cuanta gente discapacitada no
posee trabajo, pero en proporción, Zondek se aventura a decir
que la gente discapacitada que está en condiciones de trabajar
y que no posee trabajo es más del doble que la gente que
no posee discapacidad.
Las dificultades para el mundo discapacitado son innumerables,
pero en un recorrido rápido se evidencia las obras ejecutadas
sin ningún criterio frente a la discapacidad, o el pecado
de omisión de profesionales encargados de los diseños
de los espacios públicos y, de paso, la indiferencia de agentes
fiscalizadores que cierran los ojos frente a estas deficiencias.
En seguida algunos ejemplos.
Imagínese por un momento ser discapacitado. Entre las normativas
de construcción urbana se establece claramente que las veredas
deben ser totalmente libres, considerando a las personas que puedan
transitar en sillas de ruedas. Por tanto en su recorrido no deben
existir obstáculos.
Pese a ello, en los últimos meses se han visto en diversos
municipios, la instalación de paraderos de buses que se inician
en medio de las veredas públicas, sin considerar que por
esos sectores pueden trasladarse personas en sillas de ruedas o
ciegas. Lo mismo ocurre en la ciudad de La Serena, donde en plena
vereda fueron instaladas casetas telefónicas que impiden
el paso.
En Providencia se evidencian varios obstáculos que el municipio
colocó para evitar que los automóviles subieran por
los rebajes... obviamente éstos impiden el traslado de personas
en sillas de ruedas.
A pesar que en la remodelación de los puentes del río
Mapocho se invirtieron más de 180 millones de pesos, quedó
en el tintero establecer rebajes en las veredas que permitan cruzar
la calle en silla de ruedas. Una de las zonas más difíciles
es la ubicada en el Puente Loreto donde la vereda y la calzada alcanzan
los 20 centímetros. Por otra parte, basta recorrer Santiago
para ver que varios de los rebajes hechos en las veredas son interrumpidos
por semáforos.
El problema de la accesibilidad también se evidencia en
la gran mayoría de las puertas de los bancos, entre ellos,
banco BCI, A.Edwards, Santiago, Santander, de Chile -colaborador
directo en la Teletón- , BHIF, y Estado. Un rápido
vistazo permite ver que muchos de ellos cuentan con pequeños
escalones en sus ingresos, lo que impide el paso de personas en
sillas de ruedas para hacer trámites bancarios.
Otras de las deficiencias tradicionales son las que se ven en restaurantes
y cafés, donde las personas con discapacidad física
tienen pocas posibilidades de ingreso. Entre los pubs y discotheques
que poseen escalas, se destaca la biblioteca de la municipalidad
de Providencia.
Cuando se estaba construyendo esta obra, la organización
Ciudad Accesible -instancia preocupada por el bienestar de los discapacitados-
realizó todas las gestiones posibles para garantizar el libre
acceso de personas con dificultades para caminar, tomando en cuenta
lo que señala la ordenanza general de Urbanismo y Construcción...
sus palabras quedaron sólo en el aire. Lo mismo ocurre con
la casa de Vitanet de la Municipalidad de Vitacura, la que cuenta
con diversos desniveles, todos conectados por escaleras.
Pero los errores en las decisiones tocan a todos los sectores,
también a los supermercados. En varios de ellos se ha puesto
de moda, ante el robo de sus carros, colocar obstáculos en
el piso para evitar que salgan de las dependencias o incluso, se
colocan al finalizar las rampas. Tal vez sería mejor colocar
sensores en los carros.
A veces los errores rayan en el ridículo y sólo dan
ganas de decir como Condorito: ¡Plop!. Por ejemplo, en los
accesos a los almacenes de las bencineras, donde al tradicional
espacio de estacionamiento para los discapacitados le sigue un gran
escalón.
O también no queda nada que decir ante una situación
que se vivió en Vitacura. Una denuncia de la organización
ciudad Accesible llevó a que la municipalidad ordenara a
un nuevo restaurant ubicado en esa zona, a corregir una rampla mal
hecha... ésta empezaba luego de un escalón.
Algo similar ocurre en la plaza Pedro de Valdivia la que posee
diversos desniveles con escaleras, pese a ello, el arquitecto se
preocupó de colocar una rampa.... el problema es que su pendiente
supera la máxima permitida y por tanto, la persona en silla
de ruedas que quiera subir, también deberá ser un
verdadero atleta. Casi irónico resulta la situación
del Metro ubicado en las cercanías de la Teletón.
A pesar que muchas estaciones del subterráneo cuenta con
un sistema de transporte para los discapacitados, el Metro Ecuador
-donde debieran bajar varios de ellos- no posee este sistema.
Suma y sigue. Se podrían escribir páginas completas
con faltas a las normas y con escasa preocupación por la
situación de los discapacitados, pasando por algo tan común
como subirse a las micros, hasta la discriminación de no
poder siquiera gozar de un día de campo ya que en las diversas
reservas naturales o complejos turísticos no existe ninguna
implementación para ellos.
Pero no todo es malo. También existen algunos ejemplos de
los avances logrados por algunas instancias. A los obtenidos en
las diversas instancias públicas que poco a poco han ido
dando respuesta a este sector, se suman iniciativas del mundo privado.
Uno de los buenos ejemplos del sector público es el Instituto
de Normalización Previsional (INP), el cual es accesible
en todos sus lugares de atención y además están
capacitando en lenguaje de señas a los funcionarios que atienden
público.
El Museo Interactivo capacitó a sus funcionarios en atención
a personas con discapacidad y a algunos en el lenguaje de señas,
además poseen sillas de ruedas para quienes las requieran.
La misma capacitación está desarrollando el Parque
Metropolitano y la Granja Mundo, ubicada en La Pintana.
En el ámbito privado, Almacenes París se preocupó
por colocar en algunas de sus tiendas probadores para personas en
sillas de ruedas con espacio suficiente, con barras de apoyo y asientos.
Lo mismo ocurre con la Universidad Católica. En su campus
San Joaquín se implementaron accesos ad hoc para los discapacitados,
incluyendo un ascensor.
En Ñuñoa y Vitacura se está desarrollando
un moderno sistema de transporte de personas discapacitadas: "el
bus de la integración" está equipado con rampa
hidráulica tal como la mayoría de los buses públicos
de Estados Unidos.
Otra de las iniciativas positivas es la de laboratorios Bagó
que incorporó códigos de lectura Braille en sus medicamentos.
En definitiva, abrir estos espacios no tienen un alto costo, así
lo han demostrado las diversas instituciones que los han incorporado...
sólo basta sacarse las anteojeras que usamos diariamente
para vivir el concepto, a veces tan manoseado, llamado "diversidad",
y empezar a romper el esquema cultural donde se ve a los discapacitados
como inválidos, es decir, como personas no válidos
(Diario electrónico Primera Línea).
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